Lo que se necesita

Lo que se necesita

Mientras que los estudios demuestran claramente que la manera en que aprenden los adolescentes exige que el aprendizaje sea interactivo, que tenga un propósito y que haya una participación significante, éstos no son los métodos tradicionales que emplean la mayor parte de los catequistas quienes, en su mayoría, son voluntarios. En sus conclusiones, Smith señala que la transformación que se necesita es mayormente a nivel institucional y estructural. El interés en la fe y en aprender acerca de la fe está presente en todo adolescente pero los métodos y las estructuras que se utilizan dejan mucho que desear. Smith apela a los líderes locales para que ellos “comprometan y desafíen más a los jóvenes que ya están a su disposición [y] que trabajen mejor para que la fe se convierta en algo más activo e importante en su vida”. (Soul Searching, p. 266).  

La situación en el hogar, lugar en donde la fe es transmitida inicialmente, tampoco parece estar bien que digamos. Aunque Smith encontró que “los padres de familia son muy importantes en la formación de la vida religiosa y espiritual de sus hijos” y que son “la influencia social más importante” (Soul Searching, p. 261) en el desarrollo espiritual de sus hijos adolescentes, el descubrió también que la mayoría de los padres de familia siente que la influencia que tenían sobre sus hijos adolescentes había desaparecido o estaba seriamente limitada (Soul Searching, p. 56).   

Muchas personas en la Iglesia Católica estarían de acuerdo que a la presente generación de padres de familia se le puede describir como una “generación perdida” ya que ésta creció durante las décadas de los 70 y de los 80 cuando la identidad católica se vio desafiada por serias inquietudes culturales y la formación religiosa en los programas católicos se encontraban en una etapa de transición. La gran mayoría nunca aprendió mucho sobre su identidad católica integral y muy pocos optaron por actualizar su formación aparte de esas clases obligatorias de preparación necesarias para que sus hijos recibieran los sacramentos. Esta falta de conocimiento de su fe suele conducir a una falta de participación en la fe que generalmente da como resultado una fe mediocre. Smith concluye que “la mejor manera de lograr que los jóvenes participen más y tomen con más seriedad a sus comunidades de fe es hacer que los padres de familia participen más y tomen con más seriedad a sus comunidades de fe”. (Soul Searching, p. 267).

Otras dimensiones

Este intríngulis de formación tiene también otra dimensión y es con aquellos que ofrecen su tiempo para formar a la juventud—los catequistas y los encargados de los programas. Existe una gran discrepancia entre las diversas personas que forman a otros en la fe. Mientras que algunos ven su rol como una vocación superior para transmitir la fe a la siguiente generación, muchas son personas voluntarias y ocupadas quienes han recibido poca o ninguna capacitación, que no han recibido una buena formación lo cual sólo sirve para prolongar la etapa inarticulada y falta de claridad respecto a la identidad católica que se le está enseñando a la juventud. Además de eso, muchos catequistas adultos no están al corriente de lo que conforma el entorno cultural del adolescente de hoy.  Es un ambiente difícil de entender pues éste cambia rápidamente y presenta desafíos técnicos que pueden abrumar a la mayoría de los adultos hasta el punto que, el conectarse y relacionarse con el adolescente en su nivel, se convierte en una experiencia llena de ansiedad y  algunos de estos adultos creen que mejor sería dejar esa tarea a otras personas. El problema es que la Iglesia no está preparando o inspirando a estos “otros” y el número de catequistas con experiencia y con buena formación que trabaja con la juventud es cada vez menor.

Estos elementos, junto con otros más fuertes como la falta de cooperación entre las parroquias, las escuelas y los hogares y, a veces, hasta la rivalidad entre ellas, contribuye de alguna manera al sistema disfuncional que hoy ha creado esta crisis dentro de la catequesis del adolescente. Por lo tanto, nos encontramos con unos sistemas familiares y eclesiales que no tienen una buena formación en la fe, que utilizan métodos mediocres y modelos anticuados al momento de cubrir algún tema determinado para transmitir esta fe a la siguiente generación. No es de asombrarse que las investigaciones realizadas por Smith hayan descubierto estas realidades—en el mejor de los casos, lo que nos espera es la mediocridad.  Necesitamos desesperadamente tomar una nueva dirección. . .